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Opinión: Magallanes y nuestra marcha inconclusa hacia el polo

La flota de la Sociedad Ballenera de Magallanes pasando las Islas del Cabo de Hornos en ruta hacia la Antártica Chilena. Imagen tomada por el capitán Harald Evensen desde el buque ‘Gobernador Bories’. Circa 1910. Esta fotografía fue enviada por el capitán Evensen a su madre, y el original se conserva en el archivo de la familia del Capitán Adolf-Amandus Andresen en Sandefjord, Noruega.

En la menos conocido (pero más completa) relación del viaje de Magallanes escrita en octubre de 1522 por el Secretario Imperial Maximilianus Transilvanus, se incluyen tanto detalles del plan del célebre navegante como antecedentes sobre la lógica científica en función de la cual este había sido concebido. En ese marco y en el preámbulo de su relación, Transilvanus resume la manera en la que en el ‘hemisferio oriental’ los portugueses, y en el ‘hemisferio occidental’ los españoles, habían para entonces – en los hechos y no en la teoría – ampliado la ‘imago mundi’ de le edad que conocemos como ‘época de los grandes descubrimientos geográficos’. Para efectos prácticos, las explicaciones de Transilvanus resumen el concepto de ‘geografía mundial’ predomínate no solo para la generación de exploradores a las que pertenecía Magallanes, sino también el concepto de ‘mundo moderno’ empleado por, entre otros, Leonardo, Tomas Moro y, relevante, los padres de los conquistadores de Chile.

La exploración y el reconocimiento hidrográfico practicado hasta 1518-1519 por los iberos en Asia, el Indico, el Mar del Sur de China, el Atlántico y América (para entonces desde la Península del Labrador hasta el Rio de la Plata) hacia suponer que el tamaño de lo que Transilvanus denomina ‘el orbe universal’ (el planeta tierra) era significativamente mayor que aquel estimado por ‘los antiguos’ (Tolomeo y otros geógrafos de la antigüedad greco-romana). Para la navegación interoceánica portuguesa y española este ‘hecho nuevo’ tenia un significado trascendente, a saber, implicaba que la longitud de un grado terrestre en el ecuador era, al menos, un 25% ‘más largo’. Ello, a su vez, significaba que la distancia entre el ecuador y el Polo Sur era, en la misma medida que el mundo era ‘mas ancho’, más extensa o más larga.

En su relato (construido a partir del interrogatorio de los sobrevivientes de la nao Victoria y de las conclusiones del propio Juan Sebastián Elcano), el Secretario de Carlos V explicaba que una vez sabido que Hernando de Magallanes (y su ‘socio capitalista’ Cristóbal de Haro) se habían presentado ante la Corte española para proponer el despacho de una flota que – costeando la tierra firme americana – de una vez por todas encontrara un ‘paso suroeste’ hacia el ‘Mar del Sur’ (lo que luego el propio Magallanes llamaría ‘Mar Pacifico’), diversos rumores apuntaban a señalar que dicha empresa estaba destinada al fracaso. El problema era, explica Transilvanus, ‘la incertidumbre que [entonces] había de poder pasar y navegar por las partes occidentales (la costa sudamericana) hasta allá (las Islas Malucas y el Mar de China). ‘Pues creían – indica el cronista – que la ingeniosa natura, que todas las cosas construyó con suma providencia, había por ventura dejado cerradas y distinguidas las partes orientales de las partes occidentales, en tal manera que no se pudiese pasar a las otras partes. O que por ventura – continua – que aquella gran tierra firme [americana] (que de suso se dijo los castellanos han descubierto), era tan perpetua y sin fin que apartaba, determinaba y distinguía los mares occidentales de los orientales, de forma que en ninguna manera se pudiese pasar ni navegar por allí para ir hacia el oriente’ (lo que el siglo XIV Marco Polo había popularizado bajo las expresiones ‘el Reino del Gran Kan’ y el ‘Mar Oriental’).

En lo puntual las aprensiones de Transilvanus describen la tesis cartográfica y geopolítica defendida en 1518 ante la Corte española por una delegación diplomática portuguesa que, junto con acusar a Magallanes y a su socio de traición, se empeñó en convencer a Carlos V (entonces aun un adolescente), que el plan de exploración del citado navegante era una quimera. De interés epistemológico es señalar que esta ‘sui generis’ tesis cartográfica portuguesa orientada a impedir, por cualquier medio, que los españoles intentaran ingresar al Pacifico por el occidente (por los evidentes efectos que tal hecho tendría para su comercio con Java, China y las Malucas), esta descrita en el mapamundi en proyección globular contenido en el denominado ‘Atlas Miller’ (circa 1519). Desde un punto teológico, esta hipótesis se sostenía en la descripción alternativa de la Creación del mundo referida en la apocalipsis apócrifa 2 Esdras, en la que a diferencia de lo señalado en el libro del Génesis (el canon bíblico que afirmaba la existencia de solo tres continentes: Europa, Asia y África), se postulaba que la superficie del orbe terrestre estaba cubierta por seis partes de tierra y una parte de océano.

Desde esa perspectiva el mapamundi del ‘Atlas Miller’ representa una imagen ecléctica, en la que el mundo bíblico tricontinental ‘conocido por los antiguos’ se presenta ‘actualizado’ con un ‘mundus novus’ en forma de barrera y de polo a polo separa a Europa de la China y las Islas Malucas. Se trata también de una versión ‘moderna’ del concepto tolemaico de la tierra en el que un aspecto fundamental indica que ‘no hay paso’ entre el Atlántico y el ‘Mar del Sur’ descubierto en 1513 por la expedición de Vasco Núñez de Balboa.

Sin embargo, el reclamo portugués no tuvo éxito. Luego que Magallanes y Haro propusieran al Emperador materializar su proyecto ‘sin costo para España’, atendidas las evidentes ventajas geopolíticas y geoeconómicas que el descubrimiento de un ‘paso suroeste’ hacia las Malucas y China podía significar, Carlos V dispuso que una armada de cinco naves se pusiera, con cargo al fisco español, a disposición de Magallanes.

A cinco siglos de adoptada, los resultados de esta decisión geopolítica son bien conocidos.

De idéntico interés es que, en el transcurso de la expedición, Magallanes tuvo reiteradas oportunidades para ejercitar no solo el concepto cartográfico e hidrográfico en el que se sostenía su proyecto político y comercial (la necesaria existencia de un paso austral entre el Atlántico y el Pacifico), sino que para demostrar su voluntad de cumplir con la palabra empeñada con el Emperador.

A comienzos del otoño de 1520 las dificultades encontradas por la expedición reflotaron la antigua enemistad entre castellanos y portugueses y, una vez llegados al paraje de San Julián sobre la costa patagónica, la presencia de un grupo de descontentos parecía indicar la inminencia de un motín. Para entonces algunos expedicionarios había repetidamente pedido al navegante regresar a España o, por lo menos, volver por la costa hacia el norte en busca de un clima templado. Magallanes se negó rotundamente.

Junto con recordar a sus tripulaciones ‘que ninguna cosa había sido hasta allí por ellos [h]echa que fuese digna de admiración’, el navegante les hizo saber que ‘estaba determinado antes a morir que volver a España con mengua o ignominia’, exigiéndoles enseguida que ‘considerasen quienes eran’ (súbditos del Emperador del Sacro Imperio Romano Germano), ‘y se sufriesen un poco y pasasen con igual corazón y esfuerzo lo que les quedaba del invierno’. Pese a esto, en una de las naves eclosionó un motín que, al amenazar la suerte de la expedición, fue enseguida sofocado con el ajusticiamiento de sus líderes.

Luego de este dramático suceso, en víspera de la primavera de 1520, la expedición partió de San Julián para, pocos meses después, arribar al sector de la Boca Oriental del ‘paso suroeste’ después nombrado en honor del navegante a cuya determinación e intuición geográfica debemos su descubrimiento. Sobre este asunto es del caso recordar la conocida referencia del cronista Antonio Pigafetta, respecto que, en función del conocimiento de cierta carta de cierto ‘Martin de Bohemia’ (consuetudinariamente identificado con el mercader y cartógrafo alemán Martin Behaim), Magallanes estaba dispuesto a costear lo que enseguida se conoció como ‘el país de los Patagones’ tan al sur como la latitud 75 sur. Es decir, que el explorara lusitano estaba decidido a explorar la costa de la tierra firme americana hasta más allá del Circulo Antártico. Eso, sin embargo, no fue necesario.

Una versión editada del informe de Transilvanus fue publicada en 1523 en la forma de una carta al Obispo de Salzburgo (‘de Moluccis Insulis’, Colonia 1523). Dos años mas tarde una versión francesa del relato de Pigaffeta fue publicada en Paris incluyendo un mapa de América del Sur en el que, de forma muy cruda, se representaba el estrecho descubierto en 1520.

Tanto de los relatos de Transilvanus y de Pigafetta, como del mapa que representaba el estrecho, no era sin embargo posible determinar la posible ‘insularidad’ o ‘continentalidad’ de lo que ambos cronistas definen como ‘la costa a la mano izquierda’ del estrecho (Tierra del Fuego). Este aspecto tampoco fue esclarecido por las tres expediciones españolas que, entre 1525 y 1539, visitaron sus aguas que, no obstante, aportaron nuevos sondeos y georreferencias que mejoraron el conocimiento español de la hidrografía del estrecho.

Por ese motivo, hacia 1541, cuando el proyecto geopolítico de la ocupación de Chile recién se iniciaba, la hipotética prolongación de la ‘costa de la mano izquierda del estrecho’ hasta el mismo polo se sostenía en lo que hoy llamaríamos ‘una duda razonable’. En años recientes y en diversos escritos hemos documentado cuatro hipótesis que, en el contexto de una ‘teoría de la tierra moderna’, hacia 1540 podían explicar la geografía y la hidrografía de lo que entonces ya constituía ‘el sur más lejano del mundo’.

La primera de esas hipótesis afirmaba que el sur de la tierra estaba cubierto por un mar austral circumpolar que era parte del ‘oceanus’ mundial descrito desde la antigüedad por la geografía de inspiración homérica. Una segunda hipótesis postulaba la existencia de una contra-tierra firme austral inspirada en el concepto aristotélico de un continente que, con forma de tambor, necesariamente debía existir en el hemisferio sur para ‘contrarrestar el peso’ del oikumene (el mundo conocido). Inspirada fundamentalmente en la descripción de la tierra contenida en el “Sueno de Escipión’ de Cicerón, en el comentario de esa misma obra por el escritor romano Macrobio, y en una breve referencia sobre el asunto en las ‘Etimologías’ de San Isidoro de Sevilla, durante la Edad Media la hipótesis de la contra-tierra austral ganó fuerza y dio origen a una tradición cartográfica del ‘País de los Antípodas’ representada en una serie de mapamundi que, por ejemplo, ilustran copias del “Comentario del Apocalipsis’ del erudito español Beato de Liébana, o las copias de la enciclopedia ‘Liber Floridus’ del erudito francés Lambert, Canon de la Abadía de Saint-Omer.

Una tercera hipótesis no es sino una derivación de la idea anterior, en la cual el concepto original aristotélico de una contra-tierra se dibuja como un toroide, es decir, como una suerte de ‘picarón’ que circunda la Región Antártica, y que se interpone entre los extremos de Asia, África y América y el Polo Sur (cubierto por un ‘mar congelado’). De igual interés es indicar que esta relativamente poco conocida hipótesis resultó valida hasta 1911-1912, cuando primero la expedición de Roald Amundsen, y luego aquella de Robert Falcon Scott, comprobaron que tal ‘mar del Polo Sur’ simplemente no existía.

La ultima hipótesis es aquella bien conocida que afirmada la existencia de un continente circumpolar que, desde las décadas de 1520 y 1530, fue nombrado “Terra Australis’. Al inicio de la conquista de Chile esta hipótesis había ganado prestigio y credibilidad y, en lo principal, explica la determinación de Pedro de Valdivia y de sus sucesores de progresar sin demora hacia el Estrecho de Magallanes. Eso, para ocupar (y también fortificar) ambas orillas con la doble intención de controlar el pasaje y asegurar que el Pacifico fuera lo que el historiador británico Oskar Spate llamó ‘un lago español’ y, asimismo, para permitir la ocupación de o que en 1542 el cosmógrafo real Alonso de Santa Cruz designaba bajo la expresión “Tierra o Isla del Estrecho de Magallanes’.

Así, en función del proyecto geopolítico original y desde los orígenes de Chile, se entendía que una de las misiones de sus gobernantes consistía en progresar hacia la Región del Polo Sur.

Por una larga serie de circunstancias ello no fue posible, no sin que antes varias expediciones chilenas tempranas exploraran y cartografiaran las regiones al sur del Canal de Chacao. Incluso, una de ellas, aquella comandada por Juan Ladrillero, en 1558 atravesó el estrecho de Oeste a Este, y comprobó que su ‘orilla izquierda’ tenia un perfil intrincado y complejo.

Como también se sabe, la insularidad de la Tierra del Fuego fue finalmente demostrada primero en 1615 por la expedición holandesa de Willem Houten y Jacques le Maire, y luego en 1619 por la expedición española de los hermanos Bartolomé y García de Nodal. Antes de esas fechas, diversos navegantes habían sugerido que, plus ultra el Estrecho de Magallanes, debía encontrarse un paso suroeste alternativo y menos peligroso. Rumores sobre la presencia de ese segundo pasaje se habían divulgado a partir de 1526, cuando la carabela ‘San Lesmes’, capitán Francisco de Hoces, una de las naves de la expedición comandada por García Jofré de Loaiza, desde la boca Oriental del estrecho fuera arrastrada hacia el sur por el clima y por las corrientes hasta un sector en el que ‘se acababa la tierra’. En 1578 la flotilla de Francis Drake también había sido arrastrada hacia el sur, pero esta vez desde la Boca Occidental del Estrecho (hasta una latitud que el corsario estimó era de 57sur).

A comienzos del siglo XVII diversos textos en holandés, latín, francés y castellano dieron cuenta del testimonio del corsario Dirck Gerritsz, uno de los miembros de la expedición de Simón de Cordes, quien, en febrero 1600, luego de rendirse ante las autoridades de Valparaíso, había reportado que luego de cruzar el Estrecho de Magallanes (y al igual que Drake en 1578), había sido arrastrado por las tempestades hacia al sur. En su deriva a lo largo y ancho de un mar subpolar, Gerritsz había llegado hasta un área en la que había divisado ‘una costa semejante a Noruega, cubierta de montanas nevadas’. Cierta nueva historiografía holandesa ha sugerido que el relato de Gerritsz refiere ‘el primer avistamiento’ de la Antártica’.

La presencia en el Mar Chileno de la flota de de Cordes y de otros corsarios holandeses puso en alerta a las autoridades chilenas y peruanas, las cuales inmediatamente despacharon una flotilla que, al mando del joven aristócrata Gabriel de Castilla, debía patrullar la costa austral. Cierta historiografía española y chilena ha postulado que de Castilla, al igual que Gerritsz, en los años inmediatamente siguientes habría divisado una costa de apariencia polar. Esto es perfectamente posible si se considera que, si en el área que enfrenta la Boca Occidental del estrecho las condiciones meteorológicas impedían a una embarcación maniobrar su velamen, en los hechos esta quedaba a merced del viento del noroeste y de la Corriente del Cabo de Hornos que, inexorablemente, la arrastrarían hacia el sur y hacia el sureste. Si esto ocurría, podía darse el caso que esa nave divisara la costa de algunas de las Islas Shetland del Sur, o como ocurrió en 1675 a la nao León, capitán Gregorio Jerez, que luego de zarpar desde Chiloé fuera arrastrada hasta el área de la Isla Georgia del Sur.

A finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII diversos corsarios, viajeros y científicos documentaron el cruce del Estrecho de Magallanes y del Cabo de Hornos. En muchos de esos relatos un aspecto destacado se refería a la presencia de abundantes ballenas y focas, ambas consideradas mercancías de gran valor económico. Hacia la década de 1770, cuando los caladeros del hemisferio norte disminuyeron por la sobreexplotación a la que estaban sometidos desde fines de le Edad Media, la presencia de naves europeas y norteamericanas se hizo cada vez mas común en las aguas de nuestro Cono Sur. Por esta razon, luego del descubrimiento accidental de las Shetland del Sur (1819), desde los puertos de Valparaíso y Talcahuano se produjo una verdadera avalancha de esas naves sobre los caladeros subpolares y polares de, primero, focas y, más tarde, de ballenas.

La importancia de ambas industrias aseguró que, al menos desde la década de 1870, Punta Arenas se convirtiera en un punto referencial para el desarrollo de lo que nuestro maestro el Embajador Jorge Berguño Barnes llamó ‘el segundo ciclo lobero en la Antártica”. A partir de la década de 1890 la posición estratégica de su puerto aseguró también que la ciudad se convirtiera tanto en un foco ballenero fundamental, como en una base para las actividades científicas durante la denominada ‘Edad Heroica’ de la exploración de la Antártica. A lo largo de las décadas siguientes esta última condición solo se ha fortalecido.

Luego del colapso de la actividad durante la Primera Guerra Mundial, la caza de la ballena antártica desde aguas chilotas y magallánicas se revitalizó a lo largo de las décadas de 1920 y 1930. Al igual que las actividades foqueras chilenas practicadas desde la década de 1820, esta actividad representaba un ejercicio material del principio O’Higginiano que postulaba la ocupación y el uso de los recursos naturales del Chile Austral. Como se sabe, a la insistencia (e incluso impertinencia) de don Bernardo se debe la decisión del Presidente Manuel Bulnes de crear una población permanente en el Estrecho de Magallanes. En la visión geopolítica de O’Higgins (sin duda uno de los hombres más educados, prácticos e inteligentes de su generación), esa población debía ser la plataforma tanto para controlar el territorio, como para continuar la progresión hacia el sur iniciada por Magallanes y los conquistadores de Chile.

En consideración precisamente de los intereses económicos consolidados por las actividades foqueras y balleneras en la Antártica Americana, que en 1906 el gobierno preparó el envió de una primera expedición científica al área en la que ya operaban balleneros y foqueros magallánicos. Sin embargo, esta expedicion debió ser abortada en vista de los devastadores efectos del ‘terremoto de Valparaíso’, que ese mismo año afectó a la Zona Central del país. Pese a ello, y al menos desde la década de 1890, cada primavera y cada verano los balleneros de Punta Arenas y Chiloé seguían la migración de las cetáceos antárticos tan al sur como el retroceso del hielo y las poblaciones de krill llevaran a esos mamíferos. Es posible estimar que en esa misma época los balleneros chilenos operaban mucho mas al sur que el Círculo Antártico e, incluso, que, dependiendo de las condiciones del hielo, operaran hasta las proximidades de la Isla Pedro I, situada en circa 69 sur.

La consolidación del uso y de la ocupación efectiva y permanente de la Antártica Americana motivó que en 1940 el Gobierno chileno estableciera los límites del Territorio Chileno Antártico. Durante la década siguiente, diversos incidentes con Argentina y el Reino Unido tuvieron lugar asociados a ‘reclamos’ de ambos países sobre amplios sectores de nuestro territorio polar. Esta compleja situación fue finalmente puesta en ‘stand-by’ en 1961, cuando entró en aplicación el Tratado Antártico, firmado dos años antes en Washington. Si bien es cierto que dicho instrumento jurídico ha garantizado la denominada ‘pax antarctica’ (en la que se sostiene el exitoso sistema de cooperación política y científica del Sistema del Tratado Antártico), en lo principal este sigue siendo ‘un acuerdo para estar en desacuerdo’.

Ello, porque si bien su texto establece que nada de lo que se haga (o se deje de hacer) en la Antártica afecta, en ningún sentido, los ‘derechos’ de los Estados que pretenden territorios en ese continente, lo concreto es que ninguno de los países signatarios ha, nunca, ni en ninguna circunstancia, ni en ningún aspecto, renunciado a sus pretensiones de soberanía. Es más, y como lo hemos explicado en otras oportunidades, a partir de 2004, invocando la normativa de la Convención sobre el Derecho del Mar, Australia, Argentina, Francia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Noruega han reclamado territorios incluidos en las áreas en las que se aplica lo normativa (y el stand-by) de los instrumentos que conforman el Sistema del Tratado Antártico.

Asimismo, y mientras desde 1957 Estados Unidos y otros países mantienen una presencia permanente en el Polo Sur, Chile mantiene una solitaria bandera en dicho punto en el que termina (o se inicia) el territorio de la República. Pareciera que el espíritu Magallanes y de O’Higgins, y el ejemplo práctico de los cazadores antárticos magallánicos y chilotes no fuera suficiente para progresar hacia lo que debe ser ‘el hito 1’ de nuestros limites internacionales.

Si bien desde la década de 1940 las Fuerzas Armadas y, más recientemente, el INACh mantienen una presencia permanente en la Antártica, mirado el asunto de la soberanía nacional sobre los espacios plus ultra el Círculo Antártico, todas estas acciones aparecen como insuficientes.

Y si es cierto que el establecimiento de la Base en el Glaciar Unión practicada durante el anterior gobierno del Presidente Piñera es, sin duda, un logro importante, mirado el asunto desde ‘la larga duración’, la tarea pendiente sigue siendo ingente.

En nuestra opinión la proximidad de la ‘Conmemoración de los 500 años del Descubrimiento del Estrecho de Magallanes’ ofrece una oportunidad para recuperar el viejo espíritu explorador ibero para, sin dilaciones, reiniciar nuestra marcha hacia el sur. El limite de esa marcha no puede ser sino el propio Polo Antártico.

La conmemoración del descubrimiento del estrecho es sin duda una gran oportunidad que no debe malgastarse. Nuestro temor es que, como la conmemoración de los 400 años del descubrimiento de la ruta del Cabo de Hornos (otra fecha de significación universal), después de octubre-noviembre del 2020 a los habitantes del Austro Chileno solo nos queden las fotos, los vasos sucios del último cóctel, y el recuerdo de ‘lo bueno que estaba’ el calafate-sour

Fechas de este significado exigen empresas de gran calado.

Con esa mirada proponemos que se considere un proyecto regional destinado a establecer una base chilena en el Polo Sur.

Además de consolidar – en los hechos – la voluntad geopolítica inquebrantable del Estado y de la Región – a nuestro juicio dicha instalación podría, por ejemplo, alojar un observatorio encargado del monitoreo las placas tectónicas de Nazca y de la Antártica (en cuyos márgenes diariamente se registran sismos que amenazan la seguridad del país) y, asimismo, instalar un observatorio destinado a complementar la infraestructura astronómica que existe en el norte del país. También es posible suponer que en una instalación de este tipo podrían operar equipos que complementaran aquellos del centro regional de teledetección que, esperamos, pueda materializarse en los próximos años.

Sabemos que al Presidente Sebastián Piñera la posibilidad de contar con una base en el Polo Sur le interesa. Por ello nos atrevemos a pensar que un proyecto como el aquí propuesto debería ser factible, sobretodo si este se enfrenta desde la óptica regional, considerando que, como lo hemos propuesto en nuestro proyecto de Ley Antártica, nuestra Región cuente en el futuro cercano con su propio Programa Marítimo y Polar. Dicho programa debería, como indico, responder a una lógica propiamente regional (comprensión, control y gobierno de nuestros territorios mas australes) y, por lo mismo, ser distinto y separado de organismos de lógica nacional tales como el INACh, el IFOP, etc.

Hemos compartido esta idea con el Consejo Regional anterior, el cual la respaldó de forma unánime. Es de esperar que tanto el nuevo CORE como el nuevo Gobierno Regional también la asuman como propia.

Para eso contamos con el precedente del aquí descrito ejemplo de Magallanes que, pasados casi cinco siglos, aun nos permite pensar que nuestro limite no es otro que la Región del Polo Sur.

Marchar hacia ese hito solo requiere de nuestra decisión y de nuestra voluntad.

Por Jorge G. Guzmán Mag. MPhil & PhD Polar

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