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“Los desechos de plástico, invitados no deseados en la Antártica”


Por Andrés Barbosa para Prensa Antártica
Investigador en el Museo Nacional de Ciencias Naturales, CSIC, Madrid, Spain

Cuando se habla de la Antártida, habitualmente se utilizan descripciones acerca de un lugar prístino y prácticamente libre de la acción humana. Si bien en un territorio con una extensión tan amplia, 14 millones de kilómetros cuadrados, existen zonas muy diferentes en relación a la presencia humana y efectivamente una gran proporción del territorio está formado por lugares donde el hombre no ha puesto nunca el pie y por tanto su impacto podría calificarse de mínimo.

Otras áreas, sin embargo, han sido un lugar preferencial para la visita y asentamientos humanos desde los primeros tiempos en que esta región fue descubierta. En general estas zonas coinciden con las regiones más cercanas a otros continentes como es el caso de la zona norte de la península antártica donde se incluye el archipiélago de las Shetlands del Sur.

Descubiertas a principios del siglo XIX, estas islas han sido testigo de la explotación de los recursos naturales de la zona tales como las poblaciones de lobo marino de dos pelos, focas o ballenas y más actualmente del krill.

Por otra parte es esta la zona donde en la actualidad se da la mayor presencia humana en el continente, con la presencia de 17 bases antárticas que acogen a unos 450 científicos y un contingente de más de 20000 turistas que la visitan cada año.

Actualmente las pautas de conducta medioambiental derivadas del Protocolo de Protección Medioambiental o Protocolo de Madrid hace que tanto las bases científicas como las expediciones turísticas tengan un comportamiento que trata de reducir el impacto al mínimo avanzándose cada año hacia el establecimiento de nuevas pautas que lo puedan reducir aún más.

Sin embargo, existe otra amenaza para las costas de esta región que queda fuera de la protección del Protocolo de Madrid y es la llegada de basura, principalmente restos de plástico procedente del mar y que probablemente empujada por los temporales y tormentas que circunvalan la Antártida se va depositando en las costas más expuestas de esta región.

La invasión de restos de envases y materiales de plástico en todo el planeta se ha convertido en un problema global, ya no solo es importante su acumulación en las zonas más cercanas a su fabricación y uso sino que aparecen en lugares remotos como las zonas más alejadas e inaccesibles del océano y también sucede en las costas de la Antártida.

Recientemente durante una expedición científica de tres semanas en la península Byers, isla Livingston, hemos podido constatar este hecho y como amplias zonas de costa están repletas de estos restos cuya vida media se estima en centenares de años.

Esta zona está categorizada como Zona Antártica Especialmente Protegida y posee uno de los planes de gestión más estrictos desde el punto de vista medio ambiental. No existen bases en las cercanías aunque si un campamento formado por dos iglús de 6×2 metros y en los que como máximo pueden convivir 8 personas.

La única actividad humana permitida en este tipo de lugares es la científica y la presencia humana queda restringida a los investigadores y personal técnico estrictamente necesario, básicamente de apoyo para la seguridad.

Durante nuestra estancia recorrimos como parte de nuestro trabajo diversas playas situadas principalmente en la zona norte y noroeste de la península y pudimos ser testigos de la elevada cantidad de restos de esos envases y materiales de plástico que habitualmente incluían boyas de barcos, botellas, y recipientes de gran tamaño. Una buena parte de esta basura, hasta la medida en que podíamos transportarlas por nuestros medios hasta el campamento fue retirada de las playas y posteriormente sacadas de la isla en el buque Sarmiento de Gamboa con destino a la base española Juan Carlos I para proceder a su procesado y retirada definitiva de la Antártida.

Por la posición y orientación de las playas es poco probable que estos restos vengan de las actividades llevadas a cabo en la zona, aunque no puede ser descartable, y si es más probable que sean restos descuidadamente tirados en otras regiones fuera de la Antártida y que terminan siendo depositados en esta región con el consiguiente peligro para la fauna y el incremento de la contaminación.

Ser testigo de esta situación en un lugar supuestamente alejado del impacto humano aumenta la conciencia de que acciones que realizamos en nuestro entorno más cercano tienen repercusión en lugares remotos alterando su medioambiente. Es necesario por tanto hacer un llamamiento hacia un uso racional de este tipo de envases y materiales reduciéndolos al máximo, aplicando un cuidado especial sobre su tratamiento, incrementando la implicación de los consumidores en su reciclado y exigiendo a nuestras autoridades una apuesta por una economía circular que reduzca de forma significativa la cantidad de deshechos que generamos.

La Antártida nos sirve de testigo y centinela para dar la voz de alarma ante situaciones que muchas veces no imaginamos que puedan estar sucediendo, este es un caso claro, de ahí su importancia para conservar sus valores y divulgar los problemas medioambientales de los que con nuestra actuación aunque sea a muchos miles de kilómetros somos responsables. @prensaantartica

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