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Variaciones climáticas en la Península Antártica: anomalías o ciclos naturales


Columna de opinión de la Dra. Angela De Santis, Directora Científica e Doctora en Teledetección del Centro Regional Fundación CEQUA

 

Uno de los indicadores principales del cambio climático es el incremento global de la temperatura media superficial de la Tierra observado en las últimas décadas. La NASA ha reportado que los diez años más cálidos desde 1884 hasta el 2015 han ocurrido todos desde el 2000, con la sola excepción del 1998. El 2015 marcó el record de la serie temporal, aunque el 2016 ya lo está superando. Sin embargo, aunque se observe un incremento generalizado de temperatura de 0.87º C (última medida de NASA para enero 2015), la distribución regional de este calentamiento presenta unas variaciones espaciales muy marcadas, con algunos de los incrementos más rápidos en las zonas polares.

En Antártica, el mayor incremento de temperatura superficial ha sido registrado en la Península, sobretodo en su lado Oeste. En los últimos 50 años, muchos estudios han confirmado que la Península Antártica Occidental se ha calentado a un ritmo cuatro veces más rápido que el promedio mundial, con un incremento medio de +2.8ºC, más extremo en invierno (+5.8ºC con un máximo de +6.5ºC en Julio), que en verano (+1.2ºC). Este calentamiento ha contribuido al retroceso regional de los glaciares, la drástica reducción de la cobertura de hielo marino y la expansión de varias especies vegetales en las nuevas áreas libres de hielo.

No obstante, la atribución directa de esta tendencia al cambio climático no es tan automática, debido al número reducido de años de observación, la amplia variación interanual de la circulación y la sensibilidad a interacciones muy locales entre atmósfera, hielo y océano. Por el momento, se ha sugerido que este calentamiento podría ser debido a la acción conjunta de distintos procesos como la reducción del ozono estratosférico, las pérdidas locales de hielo y el incremento de los vientos del oeste, así como el efecto de eventos climáticos como el Niño y la Niña.

Un estudio muy reciente de Turner y colaboradores, publicado en la revista Nature en Julio de este año, ha intentado esclarecer el complejo comportamiento climático de la Península Antárctica usando datos de temperatura entre el 1979 y el 2014 de seis estaciones meteorológicas distribuidas en sus costas. Este análisis muestra, por primera vez, dos periodos con tendencias opuestas. Entre 1979 y 1997 se confirma la tendencia al calentamiento con +0.32ºC por década, seguido por un efecto de El Niño muy extremo entre 1997–1998.

Finalmente, entre 1999 y 2014 se invierte la tendencia con un enfriamiento de -0.47ºC por década. Tal enfriamiento ha sido más rápido durante el verano austral que el invierno, reduciendo por consecuencia el derretimiento del hielo marino que a su vez promueve el aislamiento térmico del océano y retroalimenta el enfriamiento local. Este efecto en el hielo marino ha sido también confirmado por un estudio (en revisión) del Centro Regional Fundación CEQUA en el que se ha analizado la cobertura de hielo marino en Antártica desde 1979 y 2015 y su correlación con factores climáticos. En esta investigación se ha verificado que la Península Antártica Occidental, que perdía hielo marino a una tasa alrededor del – 5% por década entre 1979 y 2010, ha reducido drásticamente esta reducción hasta un -2.7% por década cuando se considera toda la serie entre 1979 hasta el 2015. De hecho, los últimos 5 años de la serie muestran una tendencia al incremento del hielo por el enfriamiento generalizado de este sector antártico, impulsado por la mayor frecuencia de vientos fríos del este-sur-este, generados por las condiciones ciclónicas presentes en el norte del Mar de Weddell.

Tanto en el estudio de Turner y colaboradores como en el del CEQUA, los datos apuntan a que estos cambios decenales de temperatura no responden directamente a los efectos del cambio climático, sino que son el reflejo de una variabilidad natural muy amplia de la circulación atmosférica regional. Eso significa que es posible que las variaciones observadas sean parte de ciclos naturales. Sin embargo, es importante tener en cuenta que la Península Antártica corresponde solo al 1% de la superficie del continente blanco, y que cada sector de Antártica está influenciado por factores climáticos distintos. Debido a la amplitud de estos ciclos, se hace por lo tanto necesario estudiar series temporales muchos más largas para poder entender los procesos que intervienen en la compleja interacción local entre atmósfera, océano y hielo. @prensaantartica

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